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¡Ojalá te equivoques!

 

“Equivócate. Equivócate y vuélvete a equivocar. Pero cada vez equivócate mejor”. Esta frase de Samuel Becket resume a la perfección el camino que muchas veces recorremos para aprender algo. Sin embargo, hay quienes le tienen pavor a equivocarse. 

 

¿Qué te da miedo de equivocarte? ¿Alguna vez te preguntaste que te impide dar ese paso para salir de lo conocido, de tu zona de confort? ¿Qué te retiene en lugares, situaciones o personas en las que no te sentís a gusto, feliz o que, simplemente, ya no representan un desafío o un avance en tu vida, tanto personal como profesional? 

 

Para lograr lo que querés -lo que sea- es necesario aprender. Y en este contexto cambiante, que requiere de mucha flexibilidad, es urgente aprender a aprender. Tener una actitud de apertura, entender que hay mucho por aprender que ni siquiera sabés que no sabés puede llevarte a este camino. Todo lo que aprendiste, tu forma de ser y hacer fue lo que te trajo hasta aquí, lo que te permitió lograr todo lo que conseguiste hasta hoy. También es lo que, muchas veces, te limita a ir por más, o a ir por un sendero diferente. Por eso, abrirte a lo nuevo, a lo desconocido, es el camino hacia el aprendizaje. 

 

Desde el Coaching Ontológico, el aprendizaje comprende mucho más que la teoría. Para aprender deben confluir el pensamiento, las emociones y el cuerpo. Es decir, aquello que comprendemos con la mente, debemos pasarlo por nuestro cuerpo y nuestras emociones, sino no hay aprendizaje. Aprendemos del exterior, y también aprendemos de nosotros mismos, de nuestro interior. Por eso, muchas de las cosas que estudiamos en la escuela, las retuvimos solo por un tiempo, para rendir un examen, quizás, pero luego ya no las recordamos. “¡Ay, pero esto yo lo sabía!”, solemos decir. Y sí, es así, lo sabíamos, teníamos la información, pero no lo aprendimos. 

 

Aquello que experimentamos, que vivimos, a lo que le ponemos el cuerpo, lo que toca nuestras emociones es lo que aprendemos. Es que para lograr algo, no solo hay que HACER sino también SER. Aprendemos cuando transformamos nuestro ser. 

 

Sin embargo, muchas veces nos cerramos al aprendizaje porque tenemos miedo a equivocarnos o a pasar vergüenza. Queremos saber más, ¿pero estamos dispuestos a pagar el precio? Por lo general, quienes se paran del lado de la exigencia prefieren no hacerlo o, en su defecto, si lo hacen, sufren. El solo hecho de pensar en equivocarse les genera mucha frustración. Y admitir su ignorancia frente a un tema, pocas veces está en su radar. 

 

Asumir que “no sé” algo me ubica en el umbral del aprendizaje. Declarar mi ignorancia frente a un tema, me permite aprender, me saca de mi zona de certezas para llevarme a una en la que “no sé” qué puede pasar, pero que por eso mismo, porque nada está bajo mi control, todo es posible. Incluso, equivocarme. ¿Y qué pasa si me equivoco? ¡Aprendo! Como dice la frase de Becket, cada vez que me equivoque lo haré mejor porque cada vez estaré aprendiendo algo nuevo. Y, sobre todo, estaré aprendiendo a aprender. 

 

Querer tener todo claro siempre es uno de los grandes enemigos del aprendizaje. Te impide admitir que para obtener ese conocimiento que buscás, primero debés pasar por el no saber.

 

Tips para abrirse al aprendizaje


 

  • Dejá de preguntarte: “¿cuánto sé?”. Y comenzá a preguntarte: “¿cuánto soy capaz de aprender?”.
  • Si sos de las personas con actitud de “sabelotodo”, ¡desafiate! Buscá algo que sepas que no sabés y animate a declararlo: “¡No sé!”. Chequeá que pasa luego de esa declaración, qué puertas se abren y qué emociones se dispararon en vos. 
  • Preguntate (y respondete) con qué estás verdaderamente comprometido o comprometida: ¿con aprender y expandirte o con tu propia imagen? Muchas veces, quienes no se animan a hacer una declaración de ignorancia están más comprometidos con la imagen pública que creen y desean dar que con su propia expansión y aprendizaje, y de ese modo se cierran las puertas del conocimiento y del crecimiento personal y profesional. En una conversación, suelen defender hasta el último minuto su verdad, como si fuera LA VERDAD. Tener razón para estas personas -incluso, aunque sepan que no la tienen- es lo más importante. Por eso, correrse del “¿cuánto sé?” para pasarse al “¿cuánto soy capaz de aprender?” puede convertirse en un verdadero parteaguas en sus vidas. 
  • Hacé algo que hacés siempre, pero de un modo diferente: tomá otro camino para ir al trabajo, improvisá una receta nueva, o simplemente cambiá roles por un día (si, por ejemplo, en tu casa no sos quien se encarga de hacer la comida, ¡ofrecete a hacerlo!). Hacelo a conciencia, disfrutando de cada paso, incluidas las posibles equivocaciones. Si te animás, llevá un registro de la experiencia, qué emociones se dispararon ante cada nuevo desafío, qué sentiste ante la incertidumbre, con cada error y con cada acierto. 

 

Por último, te vuelvo a desear que ¡ojalá te equivoques! Porque, tal como dijo Albert Einstein: “Una persona que nunca cometió un error, nunca intentó nada nuevo”.

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